Hola… otra vez
Venga, ya me canso de esta reiteración. Vuelvo y lo dejo, y viceversa.
Quisiera seguir escribiendo en este blog diariamente, y jamás encuentro tiempo. Sé que lo tengo (tiempo, en demasía), pero a la hora de escribir algo en mi blog el tiempo se escurre de entre mis dedos y olvido lo que iba a escribir.
Aún les tengo un par de temas pendientes que ya les contaré, esperen un ratico. Además, ya me ocurre muchas veces, en mis pensamientos del día hay dos o tres que aparecen con la forma de una entrada al blog. Redactados y pensados como para postear directamente al blog y compartirlos, pero siempre se me olvida hacerlo y acabo olvidando todas las ideas que tejí en mi cabeza.
Algo muy parecido me ocurría antes, cuando frecuentaba mucho más el foro de Meri. Inconscientemente redactaba cómo iba iniciar un hilo en el foro, qué aspectos no debía olvidar para hacerlos entretenidos, y hasta elucubraba posibles respuestas al texto. Todo esto a partir de pensamientos que simplemente se me ocurrían mientras hacía las cosas más cotidianas. Pensaba como en el foro, planteaba la situación y me respondía. Así pasaba el rato y me divertía, para finalmente olvidar voluntariamente todo lo que creé y jamás llegar a postearlo.
Como un cuento de Cortázar: Lucas, sus métodos de trabajo.
Como a veces no puede dormir, en vez de contar corderitos contesta mentalmente la correspondencia atrasada, porque su mala conciencia tiene tanto insomnio como él. Las cartas de cortesía, las apasionadas, las intelectuales, una a una las va contestando a ojos cerrados y con grandes hallazgos de estilo y vistosos desarrollos que lo complacen por su espontaneidad y eficacia, lo que naturalmente multiplica el insomnio. Cuando se duerme, todo ha sido puesto al día.
Por la mañana, claro, está deshecho, y para peor tiene que sentarse a escribir todas las cartas pensadas por la noche, las cuales cartas le salen mucho peor, frías o torpes o idiotas, lo que hace que esa noche tampoco podrá dormir debido al exceso de fatiga, aparte de que entretanto le han llegado nuevas cartas de cortesía, apasionadas o intelectuales y que Lucas en vez de contar corderitos se pone a contestarlas con tal perfección y elegancia que Madame de Sévigné lo hubiera aborrecido.
Una canción que me encanta
En Voyager Golden Record, una página que contiene los sonidos que fueron enviadas al espacio con la sonda Voyager, encontré música bastante interesante. Sería excepcional que, quizás de casualidad, otros seres consigan descifrar los mensajes que fueron enviados. Finalmente, si no lo encontrasen sino humanos dentro de muchos años, seguiría siendo algo estupendo.
Como lo dice la Wikipedia, ese disco es como una cápsula del tiempo lanzada al espacio. Si bien no esperaría que lo encuentren seres extraterrestres, es una imagen preciosa. En palabras de Carl Sagan, esta botella lanzada al océano dice algo muy esperanzador de la vida en nuestro planeta.
Verdad, en esa página me topé también con una parte de La flauta mágica. Recordé que Estrada me la había mencionado un par de días atrás y tenía que volver a escucharla. Pues bien, la volví a escuchar una y otra y otra vez. No me canso. Amo esa voz.
Finalmente tengo internet
Se me ha hecho tan terriblemente usual perder la conexión repentinamente y por muchos días, que me extraña. Hace algún tiempo me habría desesperado y hecho de todo para solucionarlo, pero ya no me importa tanto.
Poco a poco he dejado también de lado mis hábitos internetescos (¿o serán “adicciones“?): el foro, messenger, deviantart, descargas, hi5/facebook, mi correo, el blog y demás parafernalia de infóvoros. No digo que sea algo bueno (tampoco malo), simplemente me ha sucedido y, como sucede cuando dejas de repente la tele o la pc, me ha dado tiempo para otras cosas.
Leo, dibujo, veo dvds de series… duermo más… Esas cosas. Pero el internet me fue quitado de repente y sin que yo quiera, tendré que echarle la culpa a Telefonica. No es la primera vez.
Querido lector
Querido y muy estimado lector de mi diario:
Lamento la escasez de ideas que acomete a mi diario virtual. Quisiera pedir no pocas disculpas por no saber encontrar el tiempo, ni las ganas, ni el valor de publicar con más frecuencia los textos cortos (o largos, según el ánimo) con que usted satisface sus ansias de leer, y con los que yo lleno este blog personal.
Además, me es absolutamente necesario referirme a usted con total sinceridad y pesar; puesto que hasta hace poco me rondaba en la mente la pusilánime idea de escaquearme de todo compromiso para con usted. Sopesé, inclusive, la posibilidad de eliminar el blog desde sus raíces mismas. Ocultar toda entrada y pensamiento acá planteado, con el fin de obtener una vaga seguridad de privacidad.
A fin de cuentas, ¿no es acaso la esencia propia del diario, guardar su carácter personal y privado? ¿cuál es la necesidad imperiosa que me obliga a mostrárselo públicamente a usted y a los demás lectores?
Lo admito: un hilo de pudor ató mis dedos detrás de mi cabeza y yo no lo noté. Usted, estimado lector, tiene ante sus ojos la mente desnuda y sin censura de un ser inseguro y temeroso de volar. Usted, lector, tiene una posición relativamente cercana a ese ser; tan cercana que, prosiguiendo con la imagen de un ser volador, puede sacar una pluma o mil antes que ése ser pueda reaccionar.
Puede ser un miedo fundamentado o infundido, mas es mi decisión continuar escribiendo mis ideas y ser fiel al aviso legal que duerme a los pies de mi bienintencionado diario:
Los mensajes en este blog no pretenden ser moralizantes, humorísticos, filosóficos ni artísticos; y en muchos casos no tendrán ninguna finalidad en absoluto. Sin embargo, en este blog serán vertidas opiniones de las más diversas índoles y el autor no se responsabiliza por los daños psicológicos ni los trastornos de personalidad que este blog podría causar en los lectores (o autor). Ley Nº 23.524, inciso B, ubicación 14.
Muchas gracias por su labor infranqueable de descifrar mi mensaje tras las formas ininteligibles que plasmo en este diario público y virtual. Muchas gracias y un saludo inmenso.
El autor.
Un niño que tropieza
Acabo de escuchar un grito de señora, seguido por un par de golpes secos y otros más de cosas que rebotan junto al llanto entrecortado de un niño.
Las cosas podrían haber caído por la escalera un par de peldaños. El niño quizás también. Pero sé que golpes como el que oí no hacen mayor daño. Está tan bien como lo puede estar un niño que tropieza.
Sin embargo, de pequeño (y quizás también de grande), uno nunca espera golpes como esos. De repente estás parado y el mundo da una vuelta sobre ti para caerte en la cabeza, en el culo, en el codo (cosas del cuerpo que comienzan con Cé; costillas, cejas, clavícula, ce-re-bro…). Caminas como cualquiera, cuando comienzas a caer. Con el corazón cual corbata consigues cogerte de un costado. Te confías, resbalas y caes al suelo. Historia-ejemplo. Tropiezo inevitable.
Jugando o distrayéndose, ensimismado en su felicidad, es casi imposible pensar en esas cosas. Pero de un segundo a otro viene el golpe seco y el dolor punzante. Recordé cómo se siente una caída “fuerte”, mezclada con desconcierto. Me dieron ganas de levantarme y ayudar, correr con algo en la mano para darle y sanar. Pero, yo, no sabría hacer nada para aliviarlo.
Así que dejé de teclear y escuché. La señora del grito ahora tenía una voz suave y casi hasta condescendiente. Repetía un “Ya, ya”, como caricia. Yo me preguntaba cómo eso podría ayudar en algo. El dolor es real. El niño se ha hecho daño y ella le dice que “ya pasó”, que “está bien”. Sin embargo, después de un rato, el llanto se volvió sollozo y luego se tranquilizó. Seguro le dolería, pero todo estaba bien.