Un niño que tropieza

Julio 12, 2008 at 2:37 pm (Sin Categoría)

Acabo de escuchar un grito de señora, seguido por un par de golpes secos y otros más de cosas que rebotan junto al llanto entrecortado de un niño.

Las cosas podrían haber caído por la escalera un par de peldaños. El niño quizás también. Pero sé que golpes como el que oí no hacen mayor daño. Está tan bien como lo puede estar un niño que tropieza.

Sin embargo, de pequeño (y quizás también de grande), uno nunca espera golpes como esos. De repente estás parado y el mundo da una vuelta sobre ti para caerte en la cabeza, en el culo, en el codo (cosas del cuerpo que comienzan con ; costillas, cejas, clavícula, ce-re-bro…). Caminas como cualquiera, cuando comienzas a caer. Con el corazón cual corbata consigues cogerte de un costado. Te confías, resbalas y caes al suelo. Historia-ejemplo. Tropiezo inevitable.

Jugando o distrayéndose, ensimismado en su felicidad, es casi imposible pensar en esas cosas. Pero de un segundo a otro viene el golpe seco y el dolor punzante. Recordé cómo se siente una caída “fuerte”, mezclada con desconcierto. Me dieron ganas de levantarme y ayudar, correr con algo en la mano para darle y sanar. Pero, yo, no sabría hacer nada para aliviarlo.

Así que dejé de teclear y escuché. La señora del grito ahora tenía una voz suave y casi hasta condescendiente. Repetía un “Ya, ya”, como caricia. Yo me preguntaba cómo eso podría ayudar en algo. El dolor es real. El niño se ha hecho daño y ella le dice que “ya pasó”, que “está bien”. Sin embargo, después de un rato, el llanto se volvió sollozo y luego se tranquilizó. Seguro le dolería, pero todo estaba bien.

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