Nota al margen
Hola, diario, te saludo de nuevo
Desde hace poco más de una semana no he escrito nada. Desde hace poco más de un mes no he escrito con tanta asiduidad. Estoy cansado, creo, y algo ocupado.
Me ocupan cosas que ya te contaré, pero aún debo encontrar el tiempo y las palabras correctas para contártelo todo. Además, puede que esté volviendo a ser más reservado contigo; finalmente, diario, cualquier persona te lee. Por eso, tengo que recordar aquella decisión que tomé en algún momento lúcido: No hay nada que ocultar. Y una más general en el último párrafo de Querido diario.
Por otra parte… he estado cansado casi toda la semana. Ha sido cuestión de llegar ya de noche y dormir, o llegar y hacer algo hasta que el sueño me duerma. Luego me despierto tempranísimo (sin importar la hora a la que haya dormido). Casi no he entrado al msn, ni al foro, ni hecho absolutamente nada en la pc.
Cierro los ojos
Cierro los ojos y ya no veo la apacible oscuridad de siempre, sino que mi mente proyecta marcos luminosos que se superponen irrefrenables y a velocidades vertiginosas. Quedo, irónicamente, cegado de la oscuridad e imposibilitado de tomar un descanso.
Pronto mi imaginación vuela y estoy más despierto que nunca pero con el pesar de varios días de sueño perdido. Quiero dejar mi mente en blanco, y dormir… o no dormir, no importa, pero descansar.
Enteramente agotado o falto de lo que necesita tener para hallarse en buen estado.
Dentro de 7 años
Me despierto, me baño, me voy a trabajar. Voy en un bus y leo un libro más. Llegas al trabajo, ¿qué te imaginas haciendo?…
Subo al décimo piso. Entro a una cómoda oficina, muy a mi gusto. Me siento en una silla cómoda y marrón (de esas altas con respaldar). Prendo una laptop en el escritorio y mientras se enciende aprovecho para abrir el cajón. Busco entre papeles con dibujos una pelotita azul anti-estress. Reclino mi silla hacia atrás y contraigo ansiosamente la pelotita que de pronto se convierte en un pato amarillo que hace “teehee“.
Una respuesta pasiva frente a la frustración de que realmente no puedo pensar más allá. Un puño adolorido contra la pared, solapado en azul y solapado también en pato. Hasta hace poco me contentaba con respuestas esquivas y me sentía mejor pensando que aún faltaba mucho. La satisfacción vacuna de que todo estará bien, que la almohada resolverá la cuestión y que no tendrá nada que ver conmigo. Cederle la respuesta al tiempo. Cederle la responsabilidad.
Luego el tiempo me devuelve a la realidad apareciendo vestido de payaso en el umbral de mi casa, mostrándome un manojo de globos rojos y preguntándome: ¿qué hago ahora con ellos?. Yo hoy sólo quiero reventarlos y decirle que vuelva luego. Retrasar lo inevitable. Cerrar los ojos. Distraer la mirada. Golpear la puerta enojado.
Es ridículo. Siempre fui yo el que consiguió e infló los globos. El que adquirió con más o menos dificultad un manojo de conocimientos, de ideas, de personalidad y que ahora no sabe qué demonios hacer con ello. Yo soy el payaso de la cara pintada que a fuerza de maquillaje ya no se reconoce el rostro, pero que comienza trabar los portazos con un pie y a exigir una respuesta.
Yo ya no sé que seré dentro de 7 años, pero lo averiguaré.
¿Por qué soy tan descuidado?
No es por nada, pero mi mano semicongelada me reprende cada segundo por mi descuido.
Recién se ha secado, pero la he tenido metida en la lavadora durante mil minutos (unos 5 min, aproximadamente) y me duele del frío. He revuelto un par de docenas de veces todo el bolo de ropa buscando unos billetes que olvidé en el bolsillo de mi camisa.
Primero, catorce vueltas a toda la ropa buscando la bendita camisa. La encontré y su bolsillo estaba limpiamente vacío. Por suerte, moviendo mi mano ya cansada en el agua turbia de detergente, encontré el primer billete de 20. Mojado y frío. Poco después (unos minutos) el de diez. ¡Pero no encontraba el maldito billete de 50 (hoy debía pagar una cosa en mi cole)!
Mucho tiempo después lo encontré y aún no podía creer que no había sacado el dinero. No podía creer que lo habían puesto a lavar sin que me dé cuenta. Y aún no puedo creer que he detenido la lavadora y los he sacado tan poco antes de salir al colegio.
¿Por qué soy tan descuidado?
Cursor Attack 3
Hoy tuve mucho tiempo libre y gasté una buena parte jugando:
http://www.minijuegos.com/juegos/jugar.php?id=6764
Estos son mis puntajes. Pueden comentar los suyos.
| Nv1: 10.23s | 100% | 10 Nv2: 4.6s | 100% | 44 Nv3: 7.2s | 100% | 42 Nv4: 12.57s | 100% | 32 Nv5: 11.73s | 98% | 40 Nv6: 6.9s | 100% | 84 Nv7: 5.5s | 100% | 126 Nv8: 2.17s | 90% | 328 Nv9: 8.13s | 100% | 108 Nv10: 7.67s | 100% | 130 |
Nv11: 18.5s | 100% | 55 Nv12: 3s | 100% | 396 Nv13: 9.2s | 100% | 143 Nv14: 6.67s | 100% | 210 Nv15: 10.33s | 100% | 150 Nv16: 8.73s | 100% | 176 Nv17: 11.77s | 100% | 136 Nv18: 20.32s | 100% | 90 Nv19: 31.83s | 100% | 57 Nv20: 21.43s | 100% | 100 |
| Nv21: 16.7s | 100% | 126 Nv22: 15.3s | 100% | 154 Nv23: 13.63s | 92% | 161 Nv24: 18.93s | 100% | 120 Nv25: 14.6s | 100% | 175 Nv26: 11.67s | 100% | 234 Nv27: 20.4s | 100% | 135 Nv28: 13.93s | 98% | 196 Nv29: 23.63s | 100% | 116 Nv30: 18.87s | 100% | 150 |
Nv31: 14.4s | 100% | 217 Nv32: 22.2s | 100% | 160 Nv33: 22.43s | 78% | 99 Nv34: 8.03s | 100% | 408 Nv35: 11.67s | 100% | 315 Nv36: 8.77s | 100% | 396 Nv37: 9.5s | 100% | 407 Nv38: 35.73s | 100% | 114 Nv39: 16.4s | 100% | 234 Nv40: 15.13s | 100% | 280 |
| Nv41: 8.8s | 100% | 451 Nv42: 131.8s | 100% | 42 Nv43: 11.17s | 100% | 387 Nv44: 16.03s | 95% | 264 Nv45: 17.83s | 100% | 270 Nv46: 16.13s | 90% | 276 Nv47: 16.73s | 100% | 282 Nv48: 11.6s | 100% | 432 Nv49: 22.27s | 93% | 196 Nv50: 13.43s | 100% | 350 |
Nv51: 38.13s | 100% | 153 Nv52: 25.17s | 100% | 208 Nv53: 57.57s | 80% | 53 Nv54: 8.2s | 70% | 486 Nv55: 120.57s | 88% | 55 |
Puntaje total: 9604
La vida como un cerro
Este texto inmenso es para mí. No me molestaría que lo lean, pero lo he escrito para mí y con las subjetividades y paranoias que esto conlleva. No presté atención a la estructura ni claridad, así que podría ser confuso para cualquiera. Oh, y no le den mucha importancia, el hecho que sepan esto no debería cambiar quién soy yo para ustedes.
La base del cerro estaba mayormente llena de arena. El suelo era suave. Cuando me caía era muy sencillo levantarme y me encontraba ileso. Además, estaba rodeado de gente que realmente se preocupaba por mí y me ayudaba en esos tropiezos, y para ellos era fácil ayudarme. Yo la pasaba bien, viendo ir y venir amigos y personas muy buenas. Me sentía seguro, pero temía alejarme de la zona que conocía.
Eventualmente, por los 11 años, la falda del cerro (detrás de mí) se comenzó a llenar de una niebla fresca que pronto se mezclaría con un humo oscuro que nunca supe de donde vino. Intuyo que ese humo salió de mí y de aquellos a quienes consideraba mis amigos. Otras personas cercanas, las que aún seguían conmigo, no se preocuparon por ver hacia atrás con mis ojos: no notaron esa niebla.
También por esa edad comencé a fijarme más en las cosas que estaban más cerca a mí en el cerro. Notaba los caminos y las cosas que se repetían en él. Me preparaba para algo que aún no me serviría pero ampliaba mis conocimientos y me daba confianza. El suelo se volvía cada vez más sólido y ya podía caminar solo, aunque algunos aún seguían preocupándose.
A los 12 años, unos amigos muy cercanos a mí se alejaron un poco. Las huellas comienzan a notarse con más fuerza en el suelo. Conocí a nuevos compañeros y casi por inercia seguía avanzando por el cerro. Si bien ya no recordaba hacia donde iba, toda mi vida había avanzado en una misma dirección… entonces yo la seguía. El lugar era.. normal, no fue desagradable.
Llegué a un punto en el que me encontré con un río que provenía de otro cerro. De un cerro muy lejano al que no podré llegar. Ese río traía cosas e ideas de muchos lugares y yo dejaba las mías y sentía que conseguía mucho. Me hizo replantear el camino y lo que había conocido en la subida. Aprendí muchas cosas, pero comenzaba a ir muy seguido a ese sitio. El río se encontraba tan accesible a lo largo del camino, que no dudaba en visitarlo cada cierto tiempo. Posiblemente, de no haberlo encontrado, habría tomado otro camino y habría hecho cosas distintas en el cerro. Finalmente, el río era un río imaginario al que iba yo solo.
En esa parte del camino, que en realidad fue muy corta, comencé a hacer muchas cosas. Aprendí a dibujar, a escribir (mejor), a disfrutar de los sonidos, a disfrutar de las formas y los colores.
Conocí a un grupo de amigas con quienes la pasaba realmente bien. Sin embargo algo pasó, yo me oculté porque no sabía como reaccionar, y ellas simplemente se fueron alejando, debido a mi forma de actuar hacia ellas. Comenzaba a echarle la culpa a mis acompañantes y en especial a mí por el error. Comenzaba a notar y a extrañar a los acompañantes que se iban, pero era natural.
Veía a mis acompañantes avanzar por el cerro, cada vez más distantes, pero aún cerca. Yo no quería ser como ellos. Ante cuestiones que iban más allá de lo inmediato decidí que debía hacer cosas distintas para resaltar y para enriquecerme (espiritualmente, el dinero nunca me ha importado mucho). Si seguía avanzando por la misma ruta no descubriría los parajes ocultos del cerro.
No dudé en alejarme de ellos e ir formándome más bien solo. Obviamente la pasaba muy bien con nuevos grandes amigos que fui conociendo, pero me volví más reservado, y creía que no debía molestar a los demás con mis pensamientos o problemas. Todo iba bien. El suelo se hacía más sólido.
Las huellas se notan cada vez más. Hubo un momento en el que caminaba y mis pensamientos se alejaban cada vez más del suelo, cuando pisé sobre un hueco que estaba cubierto solamente por una capa delgada de tierra. El piso se resquebrajó pero aún estaba con mis acompañantes. Ellos no notaban como cada vez me hundía más en algo que yo no conocía. Olvidaba quién era y olvidaba todo. Pero lo disimulaba, para que no lo noten.
Mientras eso ocurría uno de mis acompañantes (que estuvo conmigo toda mi vida y a quien yo quería) comenzaba a discutir cada vez más con otra de mis acompañantes. Yo veía como un sismo desmoronaba a mi círculo más cercano. Esto cobró más importancia para mí que mi hundimiento. Sin embargo, yo me preocupaba para que el problema vaya más allá este círculo.
Es terrible recibir a alguien llorando en tu hombro cuando no te sientes como un soporte. Cuando por dentro estás tan frágil. Comienzas a llorar también y no es solamente por apoyo, sino porque te afecta y te afecta mucho. Sin embargo, había avanzado bastante en el cerro, así que no podría dejar que la gente note que el suelo se rompía y que yo mismo me rompía allí.
Las cosas que pasaban a mi alrededor, las bromas que mis acompañantes (aquellos no del círculo familiar sino aquellos que ya se comenzaban a distanciar) decían, me afectaban mucho. Sin embargo yo no lo mostraba. Sabía que ellos también tenían sus problemas y que había gente en otros cerros con problemas. El mío no importaba tanto frente a otros… pero era mío.
Veo en el suelo como las huellas se comienzan a separar. Soy yo el que se hace un lado a sentirse solo y crea un hoyo de conmiseración que me rodea solo a mí. Soy yo que se preocupa por llenarlo con lo que conoce y con felicidad plastificada y risas enlatadas. Cuando salgo del hoyo sonrío y río, debo mostrar una buena imagen, y hasta pasarla bien, pero no es lo mejor.
Además, aquel acompañante que se alejó, no se alejó mucho. Permanecía cerca, pero parecía tan lejano… quizá oculto tras un muro o separado por un agujero infranqueable que solo me dejaba verlo y no alcanzarlo.
Este tramo del cerro, donde el tiempo se alarga y el ambiente se hace denso, está muy oscuro. Está oscuro y yo prefiero no intentar ver. Me caigo y ya nadie me levanta. El suelo está áspero y frío. Las heridas sanan lento. Pero sanan y sanan solas.
Me doy cuenta que no puedo seguir así, entonces preparo otro gran cambio. Salto fuera del hoyo (con la sonrisa usual) y lo dejo. Escalo. Comienzo a correr y me acerco a mis amigos y familia. Me preocupo por las demás personas y me preocupo por lo que me pasa. Retorno a aquellos a quienes había dejado de lado y la paso bien.
Sé que nunca tapé ese hoyo, pero estoy seguro que no regresaré. Lo veo lejano.
Retomé aquellas aficiones que había olvidado. Me planté ante el cerro con una sonrisa verdadera. Me acerqué a las personas positivo y seguro. Dispuesto a ser mejor y llegar a.. y llegar a… la meta…
Aún no sé cómo será la cima del cerro. He llegado a una parte en la que quizá tenga que escalar mucho más, así que exploro nuevos caminos y nuevas metas. Me mantengo cerca a mis amigos, familia, y pretendo formar puentes. Aún hay cosas que oculto, creo, pero estoy definitivamente mejor.
Además, hay una nueva acompañante y encontraré nuevas metas antes de llegar a la cima. Oh, es verdad, el humo que estaba en la falda del cerro está desapareciendo y ahora todo ese lugar se ve muy verde y hermoso. A veces me gusta bajar allí mentalmente y recordar.
16 años y 7 meses.
Con tapones en los oídos
Con tapones en los oídos y los ojos bien abiertos doy un primer clic, inaudible, y veo una ventana cargar. Tiro del teclado y lo jalo. A través de las esponjas amarillas se cuela el arrastrar de plástico sobre madera, madera sobre metal. Metal, madera y plástico al unísono en algo tan distinto a la música que ahora extraño.
El silencio me relaja.
Sin embargo, aun con la puerta cerrada y los oídos tapados, no puedo disfrutar del silencio. Estoy leyendo y hay mucho ruido. Fuera, un poco de música de mi hermana que ya no siento. Dentro, un zumbido como la estática de algunos aparatos eléctricos o… como oídos tapados con fuerza; mi voz (imaginada) repasando cada palabra de la lectura; mis pensamientos hablando más fuerte; latidos de mi sangre en las orejas; mi respiración; una musiquita que no puedo dejar.
Mi mamá abre la puerta y escucho su voz apagada ofreciéndome canchita (pop corn, palomitas de maíz) y una gaseosa. Le agradezco y mi voz se siente más profunda y grave, y suave. Ella se va. Un puñado a la boca, como el viernes.
Es divertido comer con los oídos tapados, solo y en silencio. Oigo crujir cada masticada de canchita, las siento romperse en mis muelas, saben salado en mi lengua, huelen a cancha por atrás en mi paladar, las imagino blancas y apetitosas. Pero especialmente las oigo.
Cruje, cruje. Sorbe. Sabe. Cae. Siente.
Y sigo leyendo. El capítulo 34 de Rayuela es muy bueno.
Nunca fue silencio, los tapones solo amplificaron el sonido de mis pensamientos. Amplificaron también los ruidos que cantan despacio y zumbantes, y eventualmente tendría que escuchar. Estando solo me encuentro frente a mí y tengo que darme cuenta si me soporto.
EDITO!! Buscando tapón en el diccionario me ha espantado el cambio de significado que tendría todo mi texto si se usase la segunda acepción. Me refiero a tapones amarillos como estos: [imagen]
Es la 1:41 a.m.
Cuando tengo tareas, casi siempre dejo todo para el final. Me cuesta bastante comenzar a hacerlo. Flojera, desidia… no sé, simplemente sucede que siempre surge algo mejor que hacer… hasta el día anterior.
El bendito día anterior te lanza un balde de agua helada y así, tiritando de frío, te obliga a acabar los trabajos (o a dejarlos sin hacer). Lo mejor (en vista de la situación en la que me puse) es hacer el trabajo, aunque me cueste horas de sueño.
El hecho de que Teph me haya estado diciendo por teléfono que acabe las tareas es el impulso que justamente necesito antes de comenzar (qué rápido me convences ^___^). Es una lástima que tenga que apretar los trabajos hasta el día anterior. Terrible, hoy llegué a un momento en el que trabajaba medio dormido y simplemente por inercia.
Es cierto, solo en esta semana me debo poco más de 8 horas de sueño… además de dos almuerzos. Ya estamos viernes, quisiera ver qué sucede hoy (en especial espero que ya sea la tarde). Recibo el sueño a la 1:50 con Adagio, de Tomaso Giovanni Albinoni sonando en mis auriculares.
¡Hasta luego!